martes, 1 de mayo de 2012

Poética explícita y poética implícita


Gonzalo Lizardo


Con el ocaso de las leyes estéticas derivadas de la teología o la filosofía, la edad moderna obligó a que los poetas forjaran una teoría autónoma de la literatura, capaz de sustentar por sí misma la creación individual: una Poética propia sobre la cual pudieran edificar su poesía personal. Este proceso ha obligado a los lectores críticos a elaborar una definición más precisa y «moderna» para el término Poética. Ducrot y Todorov le reconocen tres acepciones «tradicionales»: «1) toda teoría interna de la literatura; 2) la elección hecha por un autor entre todas las posibilidades (en el orden de la temática, la composición, el estilo, etc) literarias: “la poética de Hugo”; 3) los códigos normativos construidos por una escuela literaria, conjunto de reglas prácticas cuyo empleo se hace obligatorio» [1].

Frente a estas tres acepciones, Todorov propone definir la Poética como una «ciencia» que «apunta al conocimiento de las leyes generales que presiden el nacimiento de cada obra» Y, por tanto «El objeto de la poética no es la obra misma: lo que ella interroga son las propiedades de ese discurso particular que es el discurso literario» [2]. Esta «ciencia poética», entendida como una reflexión en torno a las propiedades o leyes generales del discurso literario, puede sintetizar las tres acepciones «tradicionales». En la medida que un autor elige o rechaza las posibilidades que le brinda la Poética (o «escuela») dominante de su tiempo, un autor tiene que forjar una «ciencia poética» individual, con leyes generales que configuran «una estructura abstracta mucho más general, de la cual [la obra] es meramente una de las realizaciones posibles» [3].

En tanto cada poeta prefigura —consciente o inconscientemente— una teoría interna que preside el nacimiento de su obra, cada poética individual se construye en acuerdo o en desacuerdo con las teorías internas dominante de su tiempo. El concepto se vuelve aun más complejo si advertimos que pocas veces coinciden las intenciones de la obra con las del autor. Es decir, más allá de los conceptos que el autor pone por escrito explícitamente, la obra en sí misma suele manifestar implícitamente otro sistema conceptual. En el mejor de los casos existiría, entre la «teoría interna» del autor y la de su obra, una distancia semejante a la que separa el consciente y el inconsciente del ser humano —lo cual implicaría que ambas poéticas deberían complementarse, más que contradecirse.

Al menos así puede leerse en un texto fundamental de la modernidad literaria: Las desventuras del joven Werther de Johann Wolfgang Von Goethe. Esta novelita, publicada en 1774, no sólo reflexiona, fervorosa, sobre los graves problemas del amor y del suicidio, sino también sobre las leyes de la poesía, de la composición o la inspiración poéticas. Así lo plantea Werther, explícitamente, en las cartas del veintiséis al treinta de mayo. Luego de platicar su llegada a Walheim, una aldea situada a una hora de la ciudad, donde se ha istalado, Werther nos platica cómo salió a pasear entre sus plazas y sus valles hasta que divisó, bajo unos tilos, a un par de hermanos que descansaban. Fascinado por esa fraterna imagen, se sentó sobre un arado y se puso a dibujarla, consiguiendo en poco tiempo «un dibujo, creo que bien compuesto y muy interesante, sin necesidad de poner nada de mi parte» [4].

Ante la espontaneidad de ese proceso creativo, aunado a su feliz resultado, Werther puso en duda la validez de las leyes artísticas dominantes (la poética dogmática y eficientista propia de la ilustración) y enseguida infirió una premisa poética, a medio camino entre el naturalismo más simple y el subjetivismo más ferviente:

Esto me reafirmó en mi propósito de, en lo sucesivo, atenerme únicamente a la naturaleza. Sólo ella es enormemente rica y solamente ella forma a los grandes artistas. Mucho podrá decirse en pro de las reglas, casi tanto como puede decirse en alabanza de la sociedad burguesa. Quien se forma con arreglo a ellas nunca producirá algo malo o de mal gusto, lo mismo que el que se deja guiar por las leyes y los buenos modales nunca podrá ser un vecino inaguantable ni un singular malvado, pero, dígase lo que se dega, ¡también las reglas destruyen el verdadero sentimiento e la naturaleza y la auténtica expresión [5].

En resumen se trata, simplemente, «de reconocer lo que es verdaderamente bello y atreverse a expresarlo» [6]. Su conclusión es tan clara, tan sólida, tan irrefutable, que debería ponerse en duda y preguntar si Goethe, el autor, la ha puesto en práctica al transcribirnos este episodio en la vida de Werther, su personaje. Aunque pueda aceptarse que el viaje a Waldheim, la escena de los niños, el dibujo que ha hecho hayan sucedido verdaderamente —pues no podemos corroborarlos—, puede ponerse en duda que el autor no haya hecho sino «atreverse a expresarlo» sin poner «algo de su parte». De hecho, la carta entera —como todo el libro— no es una transcripción «naturalista», sino una «interpretación» del mundo.

La escena de los hermanos que descansan abrazados no importa por sí misma, sino porque el joven artista, a partir de sus circunstancias y opiniones personales, ha sabido extraer una lección de poética personal a partir de una analogía entre el arte y la niñez, a través del concepto de «naturaleza»: dejándose conducir por su naturaleza, Werther ha conseguido una obra de arte bella. Si los niños actúan siempre conforme a su naturaleza, entonces el artista sólo tiene que comportarse como un niño para crear lo bello. Este sistema de analogías interpretativas le da unidad a toda la novela, pues cada carta de la mista está construida siguiendo un mismo esquema: descripción de la escena / analogía / interpretación de la escena.

Más que reproducir la realidad, como lo pregona explítcitamente, Werther se propone interpretarla implícitamente, extrayendo de la vida concreta una verdad abstracta como si las cosas no fueran sino signos cargados de un sentido que el poeta necesita descifrar, ateniéndose «únicamente a su naturaleza» —es decir, a su natural instinto por interpretar los signos a través de analogías que los relaciona con otros signos. Puede suponerse, claro, que esta divergencia se deriva de la distancia entre el personaje y su autor: mientras la poética explícita es concebida por Werther, la poética implícita es practicada por Goethe. Lo cual implica que la poética verdadera de la obra se encuentra en otra parte: en algún lugar entre ambos extremos.

NOTAS:

1. DUCROT, Oswald, y TODOROV, Tzvetan, Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Siglo XXI, 20ª edición, México 1998, p. 98.
2. TODOROV, Tzvetan, Poética, Editorial Losada, 2ª edición, Buenos Aires 1975, p. 19. 3. Íbid.
4. GOETHE, Johann Wolfgang Von, Las desventuras del joven Werther, Ediciones Cátedra, Madrid 1999, p.64.
5. Íbid.
6. Íbid, p. 66.