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viernes, 15 de febrero de 2013

Estética de la recepción: la obra literaria en el tiempo


Irma Guadalupe Villasana Mercado 


La hermenéutica literaria tiene la doble tarea
de diferenciar metódicamente las dos formas
de percepción: es decir, la de aclarar, por un lado,
 el proceso actual, en el que el efecto y la significación
del texto se concretizan para el lector del presente,
y la de reconstruir, por otro, el proceso histórico,
en el que los lectores de épocas distintas
han recibido e interpretado el texto
siempre de modo diferente.

Hans Robert Jauss [1] 

A finales de los años sesenta en Alemania hay un cambio de paradigma en la teoría literaria: el interés se desplaza del autor y de la obra a la interacción entre texto y lector, bajo el nombre de Estética de la recepción en la Escuela de Constanza. Se estudia tanto el proceso histórico de recepción como el efecto que produce la obra durante la lectura. La primera línea es impulsada por los trabajos del medievalista alemán Hans Robert Jauss, quien pretende elaborar una historia de la literatura desde la perspectiva del lector; la segunda, por Wolfang Iser [2]. El presente se centra en los postulados del primero, expuestos, sobre todo, en su lección inaugural como catedrático de la Universidad de Constanza “La historia de la literatura como provocación de la ciencia literaria” (1967) [3]

Jauss pretende rehabilitar el lugar de la historia dentro de los estudios literarios. Desaprueba que por historia se entienda la mera mención de autores y libros en orden cronológico, la relación establecida post festum de hechos literarios a favor, la mayoría de los casos, de la asunción de un proyecto de nación o la simple concatenación de obras maestras. Para él el devenir literario se ha de basar en “la experiencia pasada de sus lectores, experiencia que es la que sirve de intermediaria entre el pasado y el presente” [4]

De este modo, la historia de la literatura se fundamenta en el proceso de recepción y, por ende, también abarca las funciones sociales y comunicativas de la literatura, puesto que el horizonte de expectativas del público se concibe como “aquella instancia ante la cual se realiza la articulación de preguntas planteadas al arte por la práctica de la vida, así como la transformación de la experiencia estética en una comprensión del mundo performativa” [5]

Jauss, como ya lo había postulado la Escuela de Frankfurt, propone que la historia literaria ha de pensar la sucesión de obras en relación tanto con el sujeto productor como el consumidor. No obstante, critica que los métodos de esta escuela se hayan cerrado a una estética de la producción y de la exposición, en que el lector juega un papel exiguo. 

Para la Estética de la recepción, cada texto se actualiza en diferentes objetos estéticos de acuerdo a la comunidad de lectores en que se comprende. “Los miembros de una colectividad tienen en común unos valores y es a partir de ellos como se produce el enjuiciamiento de la obra literaria y también es desde esos valores que se le asigna un significado a esa obra determinada” [6]. La obra representa una continuidad o ruptura a dicho horizonte, lo que provoca que sea o no aceptada. 

Con el fin de comprehender una obra, se requiere reconstruir las preguntas a que la misma da respuesta en su época. Lo anterior implica que un libro puede tener múltiples posibilidades de actualización, ya que aún dentro de una misma época hay lectores diversos, así como en distintos momentos de la historia. Viñas Piquer enfatiza que valorar la obra desde su época permite reconocer la importancia que el horizonte de expectativas tiene en la percepción de los fenómenos culturales y, por ende, literarios, no obstante, también conlleva comprender los factores extraliterarios que impactan en la construcción del horizonte. 

Al igual que Gadamer, Jauss admite que durante la lectura se da una fusión de horizontes, el de la obra y el del lector. Al analizar una obra el historiador primero tiene que reconstruir el horizonte de expectativas del momento en que se origina la obra y, posteriormente, fundirlo con el suyo. Así, contempla la obra desde, al menos, dos perspectivas: la recepción de la obra cuando es escrita y la recepción que ésta recibe en el presente. Durante la lectura, caracteriza dos tipos de recepciones que están en juego: la efectual, es decir, aquella concretización o concretizaciones construidas en el devenir histórico condicionadas por el texto, y la del destinatario. 

Para fundamentar metodológicamente y reescribir la historia de la literatura propone siete postulados que fungen como orientadores: 1) La renovación de la historia literaria implica eliminar el prejuicio del objetivismo histórico. La historicidad no parte de hecho literarios dados per se, sino del proceso de recepción; antes que historiador el estudioso de la literatura es lector, por tanto, antes de emitir un juicio en torno a una obra o reconstruir el devenir, el propio crítico o historiador ha de ser consciente de su posición en la serie histórica de los lectores. Coincide aquí con Ingarden al concebir la obra como una estructura indeterminada, dice sobre ésta que es “una partitura adaptada a la resonancia siempre renovada de la lectura, que redime el texto de la materia de las palabras y lo trae a la existencia actual” [7]

Asimismo, 2) la historia literaria se ha de alejar del psicologismo, en que se postula la imposibilidad de una valoración estética, puesto que la literatura sólo es una imagen subjetiva ininteligible, ya que la recepción de una obra en el sistema objetivable de las expectativas surge del entendimiento previo del género, la forma y la temática de obras antes conocidas y de la oposición entre lenguaje poético, científico y cotidiano. Toda experiencia estética supone, entonces, un saber previo, construido intersubjetivamente, y que funge como marco para valorar la obra literaria.

3) La reconstrucción del horizonte de expectativas permite determinar el valor artístico y estético de una obra literaria de acuerdo a lo que Jauss llama el grado de influencia sobre un público determinado, ya sea por empatía o rechazo –en el primer caso da cuenta de una continuidad; en el segundo, de un cambio en el horizonte. Para este teórico literario lo que marca el valor artístico y estético es el distanciamiento entre el horizonte de expectativas y la obra. A mayor extrañamiento, como propone el formalismo ruso, aumenta la calidad literaria. Por tanto, un libro es valiosa cuando desestructura el conocimiento estético del lector. También, 4) la reelaboración del horizonte de expectativas coadyuva a esclarecer las preguntas a las que da respuesta un texto en un momento específico y deducir cómo percibe y comprehende la obra el lector en dicho lapso. Además, 5) esto exige no sólo que se reconstruya el horizonte de expectativas en que la obra es por primera vez leída, sino una reedificación de los múltiples momentos en que es concretizada hasta llegar al tiempo del propio estudioso. Comprender una obra implica entender su vitalidad a partir de los diferentes lectores históricos que la han abordado, “vislumbrar la profundidad en el tiempo de la experiencia literaria” y “conocer la distancia variable entre la importancia actual y la virtual de una obra literaria” [8].

 6) Jauss propone superar el diacronismo que ha marcado la historia literaria, plantea realizar estudios sincrónicos a través de los cuales se descubra el vasto sistema de relaciones literarias en una época. Enfatiza la relevancia de develar la estructura jerárquica literaria: qué obras u autores posiciona la comunidad de lectores en el centro o la periferia y por qué. Según este téorico, “la historicidad de la literatura se manifiesta precisamente en los puntos de intersección entre diacronía y sincronía” [9]. Por medio de este proceso, puede deducirse la “sintaxis” relativamente fija literaria, como, por ejemplo, los géneros literarios canónicos y no, la pervivencia de ciertas temáticas, símbolos, metáforas y arquetipos, la preferencia de tales o cuales recursos retóricos, entre otros. 

Por último, 7) la tarea de la historia literaria no se circunscribe sólo al campo literario, puesto que la literatura como un producto social y cultural se relaciona con la historia general: 

La función social de la literatura se hace manifiesta en su genuina posibilidad allí donde la experiencia literaria del lector entra en el horizonte de expectativas de la práctica de su vida, preforma su comprensión del mundo y repercute en sus formas de comportamiento social [10]

Si, como Jauss propone, la obra se constituye como momento de comunicación interhumana, en que se vincula la poiesis (producción), la aisthesis (recepción) y la katharsis (propiamente la comunicación), la Estética de la recepción se inserta dentro de los estudios de pragmática literaria y, gracias a su vertiente histórica y psicologista, permite realizar estudios tanto diacrónicos como sincrónicos en torno a la comprensión de la obra literaria. Además, esta teoría fija la discusión en torno a la valoración literaria dentro del devenir histórico y plantea que, sobre percepciones determinadas de una obra, la tradición emerge como marco intersubjetivo para indicar la calidad de una obra sobre la mera subjetividad del intérprete, como reflejan las siente tesis enlistadas. 

A la propuesta de Jauss, Vital, en su estudio sobre la recepción de la producción de Rulfo en Alemania, añade dos elementos que fungen como instancias mediadoras y resultan nodales en la edificación del horizonte de expectativas que el primero no contempla: las instituciones literarias y el lector privilegiado. Divide las actividades literarias en institucionales e individuales. La vida literaria depende de la voluntad y creatividad del individuo, no obstante, también del soporte de instituciones oficiales o particulares centradas en el proceso de financiamiento y distribución de las obras –en ellas se ubican las casas editoras, críticos y escritores prestigiosos, academias de lengua y literatura, premios literarios, institutos de investigación, entre otros. Para que las instituciones literarias lo sean han de cubrir tres rasgos: aparentar imparcialidad ante los participantes de la vida literaria, ser capaces de “tomar decisiones cruciales en la comunicación literaria” y determinar quiénes adquieren el privilegio de ser denominados literatos [11].

 El lector privilegiado, llamado por Ingarden esteta, es quien encarna la institución literaria. A diferencia del lector común, su concretización de la obra literaria pasa del ámbito privado al público y con ello ejerce influencia en la comunidad de lectores. La repercusión del mismo es tal que hasta los propios creadores lo toman de modelo, es decir, se transfiere a la obra para cubrir el papel de lo que los estructuralistas llaman lector implícito. Cuando un individuo escribe, imagina un lector a quien dirige su obra. 

La Estética de la recepción estudia la complejidad implicada en la comunicación literaria. Para Vital aspirar alcanzar a un público cuya existencia se pierde en el pasado resulta una quimera; por ello, más que estudiar la recepción en sí apuesta por la indagación de las condiciones de recepción, esto es, los presupuestos que de antemano influyen en la lectura y las circunstancias sociales, culturales y literarias en que el texto se inserta. Este autor afirma que abordar las condiciones tiene la ventaja de que existe abundante material para hacerlo como revistas, ediciones, traducciones, reseñas y críticas; mientras para el caso de la recepción los instrumentos existentes —como encuestas o cuestionarios— no vierten datos satisfactorios. 

 En el marco de la Estética de la recepción, entonces, el hecho literario se comprende desde la comunidad de lectores. El horizonte de expectativas rige como un concepto nodal para comprender la tradición literaria con la cual un colectivo dialoga en continuidad o ruptura. Además, en la reconstrucción de dicho horizonte no sólo se alude a los procesos de producción y de recepción, sino también de mediación entre obra y lector, en que las instituciones literarias, materializadas en los lectores privilegiados, son una pieza esencial. Permite, asimismo, un abordaje de la historia literaria diacrónico y sincrónico. 

NOTAS 

[1] JAUSS, Hans Robert, Experiencia estética y hermenéutica literaria, Ensayos en el campo de la experiencia estética, Taurus, Madrid, 1992, p. 54. 
[2] Iser realiza un análisis del proceso de lectura individual, del efecto de la obra sobre el receptor. Afirma que el texto literario, como una estructura apelativa, se constituye para ser leído, por lo que en sí propone una ruta de lectura. Por tanto, por este tipo de configuración se entiende “el conjunto de elementos intratextuales cuya función básica consiste en exigir la participación del lector, quien de ese modo se ve apelado o llamado a completar el sentido del texto” (VITAL, Alberto, El arriero en el Danubio, Recepción de Rulfo en el ámbito de la lengua alemana, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1994, p. 21). Concibe al receptor como un punto que se desplaza incesantemente, que proyecta expectativas (protención) a partir de lo ya leído (retención). Igual que el precursor de la teoría de la recepción, Roman Ingarden, propone que quien dialoga con la obra completa los puntos de indeterminación presentes y genera nuevos. Por tanto, la lectura es un acto creativo, en que el sujeto contemplador se convierte en co-autor. 
[3] El grupo de estudiosos en torno a la revista Poetik und Hermeneutik, entre quienes se encuentran: Wolfang Preisendanz, Manfred Fuhmann, Karlheinz Stierle y Rainer Warning, continúa las investigaciones iniciadas por Jauss e Iser. 
[4] JAUSS, Hans Robert, La historia de la literatura como provocación, Ediciones Península, Barcelona, 2000, p. 9. 
[5] Idem
[6] VIÑAS PIQUER, David, Historia de la crítica literaria, Ariel, Barcelona, 2002, p 497.
[7] JAUSS, Op. cit., 2000, p. 161.
[8] Ibidem, p. 179. 
[9] Ibidem, p. 183. 
[10] Ibidem, p. 186. 
[11] VITAL, Op. cit., p. 28. 


martes, 14 de diciembre de 2010

Las conexiones entre teoría, crítica e historia literaria


Carmen Fernández Galán


La teoría literaria como tal recibe su denominación en siglo XX, cuando los formalistas rusos se plantearon hacer una ciencia de la literatura, olvidando, desde la autonomía y el inmanentismo, que la reflexión sobre la literatura parte de las primeras poéticas, posteriormente preceptivas, delimitaron el canon literario de Occidente. Las transformaciones de la teoría literaria del siglo XX corresponden a los cambios de paradigma en las ciencias humanas.

Si en el siglo XIX los estudios de la literatura se centraban en la psicología y en la historia, es decir, en el autor y en su contexto, en el siglo XX, a partir del estructuralismo se da centralidad al texto, después la semiótica y la hermenéutica se concentran en el circuito de comunicación literaria haciendo énfasis, una en el texto y sus códigos, otra en la interpretación o recepción, es decir, en el lector; del mismo modo la pragmática literaria hace énfasis en las condiciones de uso y la formas de transmisión de los textos literarios donde el ruido es información, transducción.

El estudio científico de la literatura transformó la visión y práctica de la crítica literaria, que si bien recibe influjo de las teorías del lenguaje, muchas veces se concibe como separada de la discusión teórica en sus fundamentos y más allá todavía de la historia literaria. Es fundamental replantear los criterios de discusión sobre la historia literaria y la valoración de las obras a partir de sus coordenadas, ideológicas que incluyen las herramientas de la teoría literaria.

En México la crítica literaria se realiza esencialmente por los mismos escritores y por los periodistas que son los que garantizan la circulación y pervivencia del sistema literario. Paralelamente, y en los espacios académicos, a veces se tiende a olvidar las conexiones entre crítica y poder. Los ámbitos universitarios reciben el influjo de las teorías y terminologías de otros países, de modo que son contados los autores mexicanos que se concentran en la labor teórica, y existen numerosas antologías o traducciones de teoría literaria de autores norteamericanos y franceses, principalmente.

Dentro de las aulas y los trabajos de tesistas podemos observar los cambios de paradigmas, ya que los alumnos elaboran sus trabajos académicos a partir de las herramientas que esta teoría literaria otorga. Sin embargo, existe una desconexión entre el análisis de la obra literaria y las conclusiones que deberían derivar en juicios sobre el lugar que ocupan dichas obras en el sistema literario. El riesgo de la especialización es ése: se estudia de modo minucioso y sistemático, pero se tiende a olvidar los factores contextuales de la recepción literaria que son los que otorgan estatus dentro del canon. La literatura comparada resulta por tanto una vertiente de los estudios literarios que no olvida la importancia de debatir sobre la selección del canon, entre comillas, universal, de las obras literarias y su destino en tiempo y en las naciones.

En el descuido de la historia que las teorías literarias del siglo XX acentuaron, la literatura pierde sus coordenadas y se transforma en discurso vacío desencarnado de sus circunstancias. Las conexiones entre historia y literatura deben de replantearse desde su función en el sistema cultural como constructoras y legitimadoras de imaginarios colectivos. Como lo han demostrado Hyden White, en su metahistoria, y Paul Ricoeur, en Relato, historia y ficción, la Historia está ordenada en tramas que dirigen el sentido y por lo tanto sólo se distingue de la Literatura por su pretensión referencial. La Literatura también tiene su propia historia “universal” por lo que es necesaria una revisión de la historiografía literaria que atienda la constitución del canon y su relación con las regiones, los géneros y convenciones de la ficción y, en especial, la relación entre crítica literaria y teorías del lenguaje.

Por lo tanto la confluencia entre historiografía y literatura debe analizarse en varios niveles: categorías de organización cronológica, intentos de reescritura, articulación entre crítica e historia y, lógicamente, concepto o “ideal” de literatura.

En lo que corresponde a la cronología, se ha intentado reorganizar la historia literaria desde tres perspectivas: la sociológica, los enfoques semio-pragmáticos y los multidisciplinares. La perspectiva sociológica abarca a) los enfoques marxistas como las teorías de la novela o del teatro de Luckacs y Bretch) o de otros géneros menores como ciencia ficción (Suvin), b) los modelos sociológicos que relacionan la norma estética y la morfología social (Mukarovsky);[1] las nociones de campo y habitus de Bourdieu para caracterizar el sistema literario;[2] c) lo visión marxista de la historia como continuidades y rupturas; d) la macrosociología (historia cultural) de Darnton que describe los procesos de difusión y producción del libro para revalorar tipos textuales no consideraros literatura;[3] e) y los Cultural Studies o estudios culturales que se ocupan de la recepción como consumo en todas las clases sociales.

En los enfoques semiótico-pragmáticos habría que incluir la teoría de actos de habla de Austin y Searle y la ciencia del texto de Van Dijk, como base de reclasificación de las convenciones de la ficción como acto de habla; la retórica del Grupo m que ha sido empleada para caracterizar los movimientos literarios sintetizando estructuralismo y teoría de la recepción;[4] la categoría de cronotopos de Bajtín como noción ampliada de la intertextualidad referida a tiempos y espacios dialogando;[5] las estéticas de la recepción que desafían la posibilidad de la historia literaria al poner énfasis en el lector y la modificación de los horizontes de expectativas.[6]

Los enfoques multidisciplinares abarcan categorías tomadas de la filosofía o de otras artes como la oposición clásico-barroco, apolíneo-dionisiaco,[7] barroco, minimalismo; o de la mitocrítica de Duraind que sostiene se puede hablar de obra saturnal, prometeica, dionisiaca, hermética y hasta de periodos o épocas presididas por los mismos dioses.[8]

Estas formas de reorganización apuntan a una idea de la literatura acorde al nuevo escenario de democratización de los saberes y masificación del conocimiento. La literatura y la crítica dejan de ser un asunto de élite. Los lectores se transforman en la medida que el acceso a las fuentes escritas cambia. El crítico debe contemplar las transformaciones del lector: el oyente, el dogmático, el estudiante, el lector de fin de semana, el crítico que rumia la obra, el filólogo que debe traducir y fija el texto,[9] el lector que viaja en la galaxia Gutemberg. Sin embargo, la mayoría de los enfoques teóricos en literatura están construidos desde otras prácticas de lectura que dieron poca cabida a los géneros menores y a los vasos comunicantes entre cultura de élite y cultura popular.

Gracias a las teorías del lenguaje que postulan la pluralidad del texto (como el postestructuralismo), o que borran sus límites (como la intertextualidad), la noción de literatura se redefine constantemente. El estallido del objeto es también el estallido de los métodos [10] y ahora en vez de historias de la literatura, es preferible escribir historias de la crítica, es decir, la historia de la literatura se ha vuelvo la historia de sus lectores.

En el caso de México, la historia literaria regularmente se trazaba a partir del siglo XIX, y en rechazo al pasado colonial se desdeñaba o ignoraba la producción literaria de ese periodo por no ser considerada como original y ni siquiera como literatura, ya que mucha de esta producción abarcaba géneros lejanos a la convención de lo literario, y sólo recientemente se ha emprendido la tarea de completar la historia literaria nacional para incluir la tradición sermonaria, la literatura oral y las literaturas perseguidas por la censura inquisitorial, entre otros.

Es necesario un balance del estado de la cuestión del circuito de consumo cultural a partir de los lectores y usos de los textos, desde la crítica erudita y el ejercicio académico, hasta las lecturas disidentes y no oficiales.

NOTAS

[1] Propuesta de Mukarovsky que intenta llevar el formalismo ruso hacia la historia.
[2] Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, Anagrama, Barcelona, 2002.
[3] Robert Darnton, El coloquio de los lectores, FCE, México, 2003, p. 49.
[4] Misal Szegedy-Maszák, “El texto como estructura y construcción”, en: Marc Angenot, Jean Bessière, et al., Teoría literaria, Siglo XXI, México, 1993.
[5] Una de las últimas formulaciones de Mijail Bajtín asociadas al dialogismo. Veáse: David Viñas Piquer, Historia de la crítica literaria, Ariel, Barcelona, 2002, p. 469.
[6] La Escuela de Constanza es una teoría fenomenológica-hemenéutica que hace énfasis en la estructura apelativa de los textos en los que el lector completa las zonas de indeterminación. Véase Dietrich Rall (comp.), En busca del texto. Teoría de la recepción literaria, UNAM, México, 1993.
[7] Véase Jean-Michel Gliksohn, “Literatura y artes”, en: Pierre Brunel e Yves Chevrel (dir.), Compendio de literatura comparada, Siglo XXI, México, 1994.
[8] Cfr. A. Ortiz-Osés y P. Lanceros (dirs.), Diccionario de Hermenéutica. Una obra interdisciplinaria para las ciencias humanas, Universidad de Deusto, Bilbao, 2001.
[9] Cfr. Harald Weinnch, “Para una historia literaria del lector”, en: Dietrich Rall, En busca del texto. Teoría de la recepción literaria, op. cit.
[10] Régine Robin, “Extensión e incertidumbre de la noción de literatura”, en: Marc Angenot, Jean Bessière, et al., op. cit., p. 54.